MUJER 2
jueves, 22 de enero de 2015

Estamos ante un tabú que levanta ampollas. Es tan distante lo que es de lo que debería ser, y lo que fue de lo que debió ser, que optamos por confundir el deber ser con el ser. Por eso se hace tan cuesta arriba recorrer las posibilidades y los indicios que puedan ofrecer las palabras sobre nuestro pasado, simplemente recorrerlos, como el arqueólogo y el paleontólogo recorren cualquier indicio y lo examinan desde todos los puntos de vista por si pudieran arrojar alguna luz sobre nuestro oscuro pasado.

Partamos del postulado de que la especie humana hace su despegue del sistema ecológico que como animal le corresponde, el día que se bifurca en dios-hombre, en señor-esclavo, en dominador-dominado. Para escapar a la fuerza gravitatoria, es preciso salir con una velocidad de escándalo, de lo contrario no hay manera de despegar. El hombre, pues, se arrancó de la naturaleza con un tirón fuertísimo; tan fuerte que se podía haber roto. Para la mitología judeocristiana, el tirón fue el pecado original. Un pecado que tenía que ver con la alimentación y dentro de ésta con la pretensión del hombre de alimentarse igual que su dios y señor. Y es posible pensar que la clave esté justamente en el árbol de la vida. Comer el fruto del árbol de la vida, del que sólo a los dioses es lícito alimentarse. Y como que el dominador tenía que cargar la culpa en el dominado, fue Eva la que indujo a Adán a comer del fruto prohibido, y por tanto era ella la que tenía que cargar con el mayor peso de la culpa.

Sigamos en el terreno de los postulados y admitamos como hipótesis de trabajo que efectivamente lo que arrancó al hombre de su sistema ecológico, con fuerza suficiente como para pasar a otra órbita, fue la antropofagia, y dentro de ésta, la explotación sistemática de la carne de la propia especie para alimentarse de ella. Llegados a este punto es fácil adivinar por dónde se hizo pasar la divisoria entre dios y hombre, dominador y dominado, explotador y explotado. Se aprovechó una línea divisoria ya existente, la sexual, para establecer la divisoria de la nueva especie bifurcada. El hombre fue el primer dios, y la mujer el primer hombre. Las crías eran la base de subsistencia. Eran el fruto del árbol. Las crías macho, para el consumo, y las crías hembra para simiente. Tal como funciona la ganadería. Y tal como funcionó antes la caza. Es muy duro este principio para todos, tanto hembras como machos, exceptuado el reducidísimo grupo de explotadores y sus vástagos.

Teniendo en cuenta que, producida una mutación, ya sea en los genes ya sea en las costumbres, el tiempo tiende a gastarla, no es posible analizar el actual estado de dominación humana y los pasos anteriores que de ella conocemos, más que como una degeneración progresiva, es decir un debilitamiento de una especie mucho más vigorosa en su género. Desde esta perspectiva, la situación de la mujer de hoy, de ayer y de anteayer, no son más que tenue sombra de lo que fue la mujer cuando empezó a ser hombre. (Continuará).

Mariano Arnal