"Alejandra" por Juan Pablo Melizza
viernes, 18 de septiembre de 2009

Image “Una mujer inquietante, dueña de una belleza clara y de una fragilidad enigmática. Una historia incierta elucubrada por la mente aturdida de un protagonista miserable. ¿Un desenlace a prueba de inocentes?”


Juan Pablo Melizza
www.puentesamarillos.com


Esa mañana, hijo de la costumbre, me levanté a las cuatro y media  y después de un duchazo refrescante me vestí mirando, como pocas veces, la foto que desde hace unos diez años corona mi biblioteca. Entre un matraz de vidrio boro-silicato y un cubo mágico resuelto por manos que no recuerdo, la imagen retrata un grupo de amigos que con el tiempo se disolvió. Luego de un asado, el Negro preparó la cámara para rescatar un instante de felicidad luego de una cena que despedía el año, a fines de diciembre de 1998.

La cara que más me subyuga es la del Colorado, que tres meses después de la reunión se suicidó. Siempre que contemplo el retrato recuerdo el día que se colgó del techo de la habitación de su madre, cuando volvió a Neuquén a visitarla para su cumpleaños. No poder asistir a su velorio distante quizá sea uno de los dolores que se llevan por la vida en estado de alerta, listos para deprimirnos en cualquier momento. Los demás reíamos atacados por el vino, que fue mucho esa noche, o veíamos el ojo de la cámara con la parca seriedad que nos caracteriza cuando no queremos que nos capture la fotografía. Entre todos estaba ella. Volví a verla pocas veces después de aquel asado.

Alejandra se destacaba por su sonrisa y por esa generosidad espontánea que obsequian las amigas cuando uno les habla para no volverse loco. Sus consejos eran el fruto de una sabiduría inquietante. Irradiaba un misterio exquisito, su belleza y su fragilidad seducían a cualquier hombre. Todavía recuerdo cuando me llamaba por teléfono para contarme con entusiasmo infantil que se había enamorado de fulano de tal. Era muy extraña, sin embargo se volvía transparente cuando el amor la descubría como a una nena feliz en un cumpleaños perfecto. Pero ese cristal fulgurante se trizaba pronto, cuando el desengaño le mostraba una soledad que la atemorizaba. Sucumbía y era una sombra de sí misma. Su lenguaje, agudo, abundaba en una sincera y amarga fatalidad. Asustaban sus frases cortas que no le dejaban lugar a la esperanza. En momentos así era terriblemente difícil quebrar su dureza y no recuerdo haber visto lágrimas en sus ojos. No sé por qué, pero mientras abrochaba los escurridizos botones de mi camisa preferida, su sonrisa de miel, atrapada magistralmente por la cámara, se vio distinta. Sentí un escalofrío. Alejandra se materializó en mi memoria de un modo alarmante. Me preocupé.

Nos habíamos cruzado en el chat unos días antes de esa mañana. Junto a su nombre había una fotito que la mostraba feliz, abrazando a un flaco de su estatura, un jugador de básquet imaginé. Las palabras radiantes daban cuenta de un gran momento en su vida. Fue corta la conversación, un intercambio chispeante de oraciones alegres e ingeniosos chistes de ocasión. Nos prometimos encontrarnos “alguna de estas noches” para tomar un café o una cerveza. La Gringa decoraba los mensajes con las florcitas y los muñequitos ridículos, y simpáticos, que suelen usar las mujeres en el messenger.

El camino al trabajo fue angustioso. No podía dejar de pensar en Alejandra, de imaginar un escenario fiel a la intuición perturbada que se desató viendo la foto. Recordé frases incisivas de mi amiga, palabras luego de las cuales ponía un punto final desesperante. No me fue difícil trazar una irresponsable línea imaginaria que unía la risa hermosa de Ale con la expresión secreta del Colorado. La idea del suicidio, sin sustento alguno, cobraba una fuerza brutal que hacía latir mi corazón como si me preparara para lo peor.

En la oficina el café amargo tuvo un resabio fastidioso. Suele pasar cuando la intuición me altera tanto. El apetito desaparece y el paladar es un ensayo lúcido de la náusea. Revisé los correos electrónicos esperando alguna insólita novedad; leí los diarios digitales para ver si encontraba un titular indeseable; como nunca, prendí la radio esperando que alguna de las voces roncas del amanecer, de una vez por todas, luego de recitar los intrascendentes datos del clima, comentara las noticias del fin de semana. Me recorrió una sensación indescriptible cuando escuché a un periodista somnoliento pronunciar el nombre completo de Alejandra. El tipo daba cuenta de su muerte con la entonación sombría que caracteriza las notas necrológicas.

Recuerdo que salí del trabajo sin hablarle a ninguno de mis compañeros, mucho menos al jefe, que no tenía buen humor esa mañana, típico de un ser normal casado con su profesión y evidentemente gris y solitario. Cuando llegué a la casa velatoria, sin tener un registro preciso de cómo lo hice, si a pie o en el auto, tropecé con el panorama desolador que allí puede vivirse cuando se despide a un muerto. Me dolió mucho leer su nombre armado con esas letritas blancas enganchadas en la pizarra negra, esos caracteres malditos que surgen de varios abecedarios para componer cualquier nombre y en cualquier momento.

No sabía qué pensar. Nuevamente la idea del suicidio se apoderó de mí. Las palabras más angustiosas de Alejandra siempre me hicieron creer en un desenlace trágico. Imaginaba, mientras observaba los rostros compungidos de las personas reunidas alrededor de su féretro, un corte de venas, un ahorcamiento, un tirarse al agua helada del Nahuel Huapi, después de vivir quién sabe qué horrores. Estaba confundido. Ninguna nota policial redactó la tragedia o en mi nerviosismo no pude leer nada. “¿Qué había pasado?”

Busqué sin éxito al flaco alto de la fotito del chat, el novio de Alejandra, pero no lo vi. Estaban sus padres, acaso dopados con algún tranquilizante, sus hermanos, el menor había crecido mucho, viejos amigos con los que compartimos alguna parranda lejana en el tiempo, y rostros desconocidos, quizá compañeros de trabajo, quizá las nuevas amistades que encontramos en los amigos, después de varios años, y nos desorientan sobre quién es realmente la persona que creemos conocer. No me animé por un buen rato a preguntar qué había pasado, y en la intriga tomó una forma cada vez mejor acabada la idea de su suicidio y la culpa, lentamente, me llenaba de amargura. “¿En dónde estuve todo este tiempo?”

Entró el Negro, o apareció desde un rincón de la sala que no había vislumbrado. Su cara repetía mi sorpresa y mi angustia, pero también delataba que sabía algo que yo ignoraba...

Me tiemblan los dedos y me cuesta mucho dotar de una mínima prolijidad el final del relato. Sin comprender qué motivos me impulsan a contar esta historia, y dejando constancia de mi torpeza narrativa, paso a detallar lo que me dijo:

… la mató el novio, Gabriel creo que se llama, sin querer el pelotudo la mató…Ayer a la mañana se pusieron a jugar con un revólver mientras tomaban mate en la cama y al hijo de puta se le escapó un tiro…   


 
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