"Una Canción de la Estepa" por Juan Pablo Melizza
viernes, 07 de noviembre de 2008

Image “El camino invita, sin proponérselo, a levantar la mano para saludar al hombre que a caballo bordea la ruta, o a la mujer que, parada cerca de la puerta de su casa, mira el paso de un vehículo que no se detendrá para tomar unos mates, ni para pedir una mano porque al mapa se  le dio por hacerse el complicado. Saludar en ese instante fugaz encierra un vínculo hermoso que no merece ser desperdiciado con palabras.”

La vieja ruta me hace temblar. En ese ripio interminable las ruedas levantan un polvo que me delata para cualquiera que cabalgue o maneje por ahí, en medio de algunas vacas rumiando, en medio de las hondonadas y lomas donde la vegetación esteparia empuja restos de un bosque impuesto por la mano del hombre, los pinos que se trajeron del norte para imitar lo que nunca fue necesario imitar…

Cada tanto la ruta muestra los troncos minuciosos de alguna chata que andará perdiendo su carga de leña, y las liebres corren vigiladas atentamente por los pajarracos hambrientos que saben mirar desde lejos con bastante claridad.

El cielo se llena de las nubes que corren ligero apuradas por el viento que tapa el ruido de los aviones. Del sol cae una luz que puede encontrar el verde profundo que nace cerca de alguna fuente de agua, una laguna, o un codo tranquilo del Pichileufu. Cada tanto las casitas increíbles para la gente de la ciudad, viejas construcciones en las que la comodidad urbana no imagina la vida y encuentra quizás un instante de silencio romántico, en la imaginación de lo que allí dentro puede suceder, casitas oscuras disueltas como si el eterno vendaval y el tiempo las tacharan de a poco, haciéndolas fantasmales, borras de un silencio que las envuelve y les deja una belleza inabordable.

Las ovejas, que se aparecen en campos de dueños invisibles, pasean acompañadas por pequeños corderos; andan en pampitas que juntan las flores recientes de la estepa y el pasto que bebe la humedad del río cercano, la frescura que se siente cuando las pisadas quieren hundir los pies.

Unos árboles arman la sombra de una siesta indispensable, pero hay que seguir, ya sin la radio encendida y adormilado por la desprolija música del motor y el traqueteo de la camioneta en el ripio, el infatigable ripio, ese camino construido por gente que habrá visto la misma estepa y habrá sentido vaya uno a saber qué cosas, en medio de tanta soledad, de tanto viento rugiendo, de tanto polvo reclamando la caricia dulce de una lluvia que despabile los perfumes de la tierra y redescubra los verdes de las plantas, que crecen hablando entre sí, murmurando secretos que se callan cuando la humanidad merodea por allí sobreviviendo a sus fantasmas, encarando silencios, trabajando la vida de la estepa...

El camino invita, sin proponérselo, a levantar la mano para saludar al hombre que a caballo bordea la ruta, o a la mujer que, parada cerca de la puerta de su casa, mira el paso de un vehículo que no se detendrá para tomar unos mates, ni para pedir una mano porque al mapa se le dio por hacerse el complicado. Saludar en ese instante fugaz encierra un vínculo hermoso que no merece ser desperdiciado con palabras.

Hay tranqueras que al parecer nunca fueron abiertas, alambradas que habrán sido puestas al principio de todas las historias, construcciones que se hallan suspendidas en el silencio de la incertidumbre, tachos vencidos por el óxido y agujereados con la tensa prolijidad de un tiempo que tiene todo el tiempo, metales pintados recientemente por alguien que no se ve, por alguien que no está, rejuntes de madera que necesitaron la mano y el oficio de algún ser humano alejado del camino, alejado de la urgencia de una camioneta que avanza y sólo avanza.

La luz del sol escapa cada tanto de la nublazón débil de un día de noviembre, quedan las marcas de la batalla entre resplandores y sombras en las laderas de cerros y mesetas que, si tienen un nombre, de poco sirve saberlo, pues ahí están, indiferentes a la vida de cualquier mortal que detenga la melancolía en sus formas, esos perfiles rocosos en donde la vegetación y la tierra luchan por fijarse, porque la vida se les va en seguir estando bajo el viento y su canción eterna, ese concierto de voces misteriosas que deciden llamarse silencio, tranquilidad, inmensidad...

Refulgen los verdes a orillas del Pichileufu, se desangran un poco cuando trepan al desamparo y el agua les cuesta, conviven con postes que llevan cables viejos, colgados por gente que no está, por seres que no se ven por ahí, a la vista del camino que serpentea y es un juego de huellas, liebres muertas, piedras, pozos, alguna zona de serrucho que hace temblar de más a cualquier coche.

Y una casita más, lejos una casita más y su gente resguardada del frío, y unos árboles que a la distancia parecen álamos meneados por el dios de la estepa, y unas ovejas perseguidas por corderitos que apenas pueden mantenerse parados, y unas alambradas interminables, y una antena increíble surgiendo de una loma breve que dura segundos a la vista del camino, y el tiempo que tiene todo el tiempo, y el viento que tiene todo el viento, y la vida, que tiene toda la vida por delante, todo el silencio, toda la tranquilidad, toda la inmensidad, en un lugar que no se acaba fácilmente, un lugar que respira ritmos que no se sienten desde una ruta, charlas profundas que no se arriman a la urgencia de una camioneta fugaz, diálogos musicales ebrios de frescura que requieren algo más que una mirada distante, algo más que un cuerpo acostumbrado a viajar solo.


 

 

  

 

 

 

    

    

 

Comentarios (0)add comment

Escribir comentario
Tienes que estar logueado para escribir un comentario. Puedes registrate si no tienes ya una cuenta creada.

busy