"Una Historia del Desprecio" por Juan Pablo Melizza
jueves, 06 de noviembre de 2008

Image “Son miles y miles los esclavos desaparecidos, sin lápidas encima de sus frentes, sin una edad precisa, arrancados del tiempo, despojados de su carne y de sus nombres. Sería bueno contar la historia de uno solo de esos negros, de esos labios grandes, ojos oscuros, cabellos rizados, pieles untadas de caoba, resplandores negruzcos exiliados de su tierra, donde ancla el tiempo y los sueños esperan convertirse en cuerpo.”

El Renacimiento fue una fruta llena de dulce, almíbar a punto de estallar, un aroma exquisito de primavera, el ojo curioso de un telescopio desnudando planetas y estrellas. El Renacimiento expandió los límites de los mapas, curvó el mundo hasta hacerlo redondo en las mentes tardías de los europeos. En Italia el arte cultivó la perfección obsesiva. Las esculturas se internaron en la fidelidad muscular, en los cuerpos ideales de la belleza que parecía no poder escaparse de cavernas platónicas. Las pinturas de la época muestran cielos profundos, perspectivas que se fugan a lo más lejano del paisaje, donde ese cielo y la tierra se sujetan entre sí, enlazados en una línea delgada de horizonte interrumpido por árboles borrosos, espuma verde, nubes purpuradas, cerros, penachos grises de iglesias desparramando sombras en las ciudades, agujas de catedrales pinchando el cielo.

En el Renacimiento el comercio creció, las especias perfumaron las ambiciosas bodegas de los barcos que recorrieron el Atlántico y el Mediterráneo; la luz del oro y de la plata resplandeció en los ojos de conquistadores y monarcas; era una luz que hundió su calor en la sangre para despertar el animal salvaje que duerme bajo la vestimenta formal de la civilización.
Dios autorizó el saqueo de africanos para llevarlos como ganado descartable a las Indias Occidentales, la América sangrante, la América tropical de metales preciosos y vegetación abundante, húmeda, vigorosa. Cientos de barcos surcaron el océano, el gran charco, que separa África del entonces Nuevo Mundo; cientos de barcos con cargamento humano maltratado, hacinado, mezcla de náuseas y vómitos y hambre y fiebres y gemidos.

Europa concentró riquezas en virtud de su bestialidad, y esas riquezas incluyen las obras y las herramientas de Miguel Ángel, incluyen las fortunas de los mecenas, incluyen la Capilla Sixtina, que satisface a los estómagos llenos, y las estatuas que reiteran la perfección anatómica de los clásicos griegos. Pero Miguel Angel y el resto de la muchachada renacentista tienen su historia. Si fueron felices y comieron perdices o si tuvieron vidas amargas, consta en numerosas biografías, comentarios, aplausos y demás artilugios del reconocimiento post-mortem, enciclopédico y políticamente correcto, es decir chupamedias.

La historia del Renacimiento, el esplendor salvaje de Europa, es también la historia de miles y miles de negros expulsados de África por la civilización miserable del Viejo Continente.
Materia prima reciclable de la esclavitud, muchos negros, de los más variados grupos étnicos, fueron progresivamente condenados a trabajos forzados, durante el Renacimiento y el Barroco, al servicio de sociedades europeas bendecidas por un Dios que más vale tenerlo por amigo, sediento de opulencia, de alhajas, un dios extraño con forma de látigo o de sable, de arcabuz o de viruela, un dios hambreador, dispuesto a humillar seres de cultura rica, con sus dioses y sus leyendas y sus tambores rebotando en la sangre nocturna.

Son miles y miles los esclavos desaparecidos, sin lápidas encima de sus frentes, sin una edad precisa, arrancados del tiempo, despojados de su carne y de sus nombres. Sería bueno contar la historia de uno solo de esos negros, de esos labios grandes, ojos oscuros, cabellos rizados, pieles untadas de caoba, resplandores negruzcos exiliados de su tierra, donde ancla el tiempo y los sueños esperan convertirse en cuerpo.
¿Cuál fue el nombre de ese solo negro?
¿Cuál fue su nombre, cuál fue su última edad, alguien lo extrañó, algún otro esclavo vio su muerte, la lloró, o al menos vio su propia muerte llevándose otro cuerpo idéntico al suyo en dolor y en soledad? ¿Tuvo al menos el lujo de una fosa común, o su cuerpo se disolvió en el suelo, a la vista del sol y de las lluvias, despidiendo el hedor del desprecio dibujado a latigazos en su espalda?

Cuál fue su esperanza, el espesor de sus lágrimas mientras hubo lágrimas y no locura…porque cuando no queda una maldita pizca de esperanza el llanto se seca y los ojos, apenas, son un vidrio helado cansado de recorrer el día, la noche, la ira en el rostro del amo, el cristiano superior libre de pecados que maltrata y mata negros para defender un cañaveral de azúcar, una planta de café, una hoja preciosa de tabaco perfumado, una semilla hinchada de cacao.

¿Qué dioses hervían en la sangre y calmaban la angustia de ese solo negro, de ese esclavo? De noche ¿Dormía? Si dormía ¿Soñaba? Si podía soñar ¿En qué o en quién soñaba? ¿Soñaba el cuerpo tibio de una mujer? ¿Soñaba la intimidad de su hogar, el consejo de un anciano sabio? ¿Soñaba los rituales que pedían una lluvia o convertían en hombre a un niño y en mujer a una niña? ¿Soñaba sus viejos peligros, sus enemigos que habitaban cerca de su tierra, la que pisaba y sentía propia?
¿Y cuánto podía durar el sueño? ¿Cuánto sudaron sus ojos al ritmo de un látigo?
¿Sus huesos salieron a respirar antes de su muerte? ¿Cómo doblegó el hambre los misterios de su silencio y de sus gemidos?

Cuando su carne desnuda y húmeda de sangre enferma lo dejaba perderse en el cielo, en las raras noches de descanso, se encontraba con un cielo extraño, las estrellas cambiadas de lugar. El cielo de su esclavitud en América era otro que el de su vida en África.
Cuando sus dientes casi de polvo, herrumbre de huesos cariados, mordían con dificultad su alimento precario, espaciado, tal vez recordaba la carne sabrosa, recién desgarrada, de algún animal cazado por los hombres de la tribu, cocinado en un fogón nocturno deslizando chispas en el aire fresco o cálido, en el viento donde cantaba el clima del día por venir.

Ahora bien, los héroes europeos del Renacimiento y del Barroco tienen nombres, apellidos, fechas de lápida, el estómago lo suficientemente lleno de comida como para dedicarse a pintar o esculpir. Estos héroes, indudables valores del arte, tuvieron escuela, pinceles, un cielo perdurable sobre sus cabezas; fueron más que efímeros sobrevivientes o carne del olvido. Tuvieron tiempo para pensar de qué manera hacer sus estatuas impecables, de belleza calmada y sin latigazos, de cuerpos con musculatura sin hambre, sin tifus, sin parásitos, rostros pensativos recorriendo las profundidades limpias de la filosofía, sin los gestos horrorizados de los que reciben la violenta certeza de morir sin que a alguien le importe.
Si el lector considera prudente leer los datos curriculares de Miguel Ángel u otro muchacho con historia, puede consultar cualquier enciclopedia embalsamada y exitosa, de esas que reproducen, en abundancia de colores, la faceta más hermosa de la brutalidad…
Mientras tanto, en Cuba y en Brasil, en Jamaica y en Montevideo, suenan tambores enloquecidos disfrazando el aire de dioses musicales y caderas ardientes, zumbantes himnos de la derrota y de la esperanza golpeada por la indiferencia. Mientras tanto, hay murgas y candombes y cumbias en los colgajos de América Latina redoblando con ritmos misteriosos, latiendo como corazones que viven de memoria.

 

 

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