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domingo, 08 de febrero de 2015

Del latín patior, passus, que significa experimentar, soportar, padecer, se forma el sustantivo passio (acus. pl. Passiones). Es sintomático que nos hayamos decantado con preferencia por los aspectos positivos de la palabra "pasión". Así podemos sentir pasión o estar apasionados por los clásicos, por la naturaleza, etc. En el compuesto "compasión", volvemos al valor original del término. Compasión es el sufrimiento compartido. Pero es tal nuestra repugnancia al dolor, que ni la compasión aceptamos. La consideramos ofensiva. Y como ocurre con todas las realidades que nos empeñamos en disfrazar, nos hemos pasado al griego con unos resultados parecidos: paqoV (pázos) es el calco exacto de passio. Tiene las mismas acepciones que ésta. En terminología especialmente culta se usa el término "pathos", escrito así con el dígrafo th con valor de z. Pero la palabra griega que ha adquirido carta de naturaleza en nuestras lenguas es "simpatía", que se corresponde elemento por elemento con la palabra com-pasión, sum-paqia (sym-pazía), cuyo adjetivo sumpaqeV (sympazés) designa al que toma parte en el sufrimiento ajeno, al compasivo, y eventualmente al simpático (por no devolver su valor original a "simpatía" se introdujo con poco rigor el término "empatía"). En la misma línea es sorprendente la fortuna que ha hecho, incluso en el argot juvenil, la palabra "patético", cuya forma griega es paqhtikoV (pazetikós), derivado de paqoV (pázos), y que significa en origen tiene valor activo y significa "capaz de sentir", "sensible"; pero que evolucionó hacia el valor pasivo, con lo que pasó a significar "conmovedor", "que mueve a compasión", "patético".

El cristianismo tuvo, entre sus objetivos diferenciales, la dignificación no sólo de la esclavitud, sino también de las calamidades que la acompañaban, entre ellas la humillación, el sufrimiento moral y el dolor físico. Como dijo Marx, una situación tan dura, necesitaba unas altas dosis de opio para hacerse soportable. El cristianismo fue el opio indispensable para aceptar una situación inaceptable, para la que sólo se había ensayado la salida de la sublevación, que había fracasado cuantas veces se había intentado. Fue el remedio homeopático. Fue curar el dolor con dolor, la humillación con humillación, la muerte con la más ignominiosa y cruel de todas las muertes.

El Viernes Santo es el momento culminante de la santificación y exaltación del dolor; pero no de un dolor gratuito, sino absolutamente necesario para el rescate de la humanidad. La muerte de Cristo era el precio que Dios había puesto para redimir al hombre (si renunciamos a la perspectiva religiosa para analizar la pasión de Cristo con mirada simplemente antropológica, ése sigue siendo el único precio aceptable). Siendo esto así no quedaba más camino que amar el dolor y abrazarse a la cruz. Hoy prácticamente ha desaparecido el dolor de nuestra esclavitud, pero nos queda la sujeción, nos queda estar uncidos al yugo. La propuesta evangélica es muy clara; cargar cada uno con su cruz y abrazarse a ella si es posible, en vez de sublevarse. Es el sello cristiano, con el que hemos andado dos mil años.

Mariano Arnal

 
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