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jueves, 05 de febrero de 2015

Siempre que algo escasea, se crea un mercado en torno a ello; sometido a las leyes inexorables de la oferta y la demanda. Siendo el sexo un producto cuya demanda está constituida como un valor invariable (o con variaciones poco significativas), está claro que las alteraciones del mercado se producen por las variaciones de la oferta, es decir por la conducta sexual de la mujer. Se llama demandante al que compra, y oferente al que paga. A la hora de ponerle precio al sexo (éste es un fenómeno tan extendido, y es tan floreciente el negocio, que ni siquiera es preciso argumentar), el hombre es el que paga, y la mujer es la que cobra (o quien la explota). Hay muchos miles de mujeres que "trabajan" en esta actividad al servicio de los consumidores de este servicio. Pero no cubren toda la demanda. Por eso cada vez hay mayor número de hombres que se incorporan en el bando de la oferta; pero la demanda por parte de los hombres nunca queda totalmente cubierta. Esto en cuanto al mercado menos discutible, el que funciona con dinero. Pero existe la otra parte de mercado, la tradicional, que funciona en régimen de trueque. En este mercado, el de la pareja estable, ha habido un importante retraimiento de la oferta. A pesar de las meritorias campañas de todo tipo que se han venido haciendo en la nueva cultura sexual: desde la promoción del amor libre, hasta el cultivo de la conciencia de taradas y enfermas en las mujeres que no están dispuestas a seguir el mismo ritmo de su hombre.

¿Y en la adolescencia? El mismo régimen de trueque: dame estabilidad, dame cariño, sé tú el que me dé la sensación de que no estoy tirada y despreciada, dame la seguridad de que no sufriré el oprobio de ir de mano en mano, hasta que alguien se quede conmigo; o de que me quedaré para vestir santos si no quiero correr este riesgo; conviértete en mi pareja fija, y yo a cambio te doy todo el sexo que me pidas. Esta fórmula ha contribuido poderosamente a sosegar el mercado, a nivelar bastante (pero nunca del todo) la oferta con la demanda, y a reducir de forma muy considerable un grave foco de tensiones. Pero por lo visto, no salen las cuentas.

Oferta viene del lafín óffero, offerre, óbtuli, oblatum. Es un compuesto de fero, ferre, tuli, latum, que significa llevar, traer, llevarse, aguantar, soportar, sufrir, tolerar. El prefijo ob no es poco lo que contribuye a redondear el significado: es en especial causal; establece una relación entre antecedente y consecuente, entre causa y efecto, entre la cosa y su precio.Ob beneficium significa a cambio de un favor; pecuniam ob rem iudicandam accípere es recibir dinero por juzgar una cosa; ob rem, con utilidad, por algo; ob industriam, a propósito, planeado para algo. El compuesto offerre significa, pues, poner algo delante, ofrecer algo a cambio de algo; dar por algún motivo. No perdamos de vista que hablamos de ferre, que por sí mismo representa un trabajo, un esfuerzo, un sufrimiento. Al añadirle el prefijo de causa, finalidad, trueque, acabamos de completar el significado profundo de este verbo. Sus derivados ofrenda, ofrecimiento, ofertorio, van en esa dirección. El dar es a cambio de nada; pero la oferta siempre comporta o precio o trueque. Como corresponde a un término básico del mercado (mercare= comprar).

Mariano Arnal

 
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