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miércoles, 04 de febrero de 2015

La frontera que pone límite al objeto, es el sujeto, un sinónimo de persona. Y es en la utilización de un sujeto como objeto, donde se produce el conflicto. En principio parece que nadie discute que una persona no debe ser usada como objeto; o más sencillo aún, que no debe ser usada; que una persona nunca debe ser un medio para llegar a un determinado fin, sino que cada persona, por el hecho de serlo, tiene derecho a ser por sí misma y para sí misma; y que en todo caso, si quiere vivir para otra persona o entregarse a algún objetivo ajeno a sí misma, ha de hacerlo desde la libertad, y no porque alguien (sean sus padres, sea el estado o cualquier otra instancia de dominación), haya dispuesto de esa persona y la haya destinado a algún fin, por noble que sea. Queda claro, pues, que cuando alguien destina una persona o la emplea en un fin que ella no ha elegido libremente, la está tratando como un objeto.

¿Y qué es un objeto? Digamos provisionalmente que es algo de usar y tirar. Es la forma más deleznable del objeto, que asimilamos a los pañuelos de papel, los kleenex. Y no va desencaminada la idea, porque lo de tirar lo lleva la misma palabra: objectus significa precisamente lanzado, arrojado (aunque no precisamente desechado, que sería dejectus, sino arrojado contra algo o contra alguien, puesto como obstáculo. Tampoco se trata de una forma agresiva, sino simplemente de estar ahí, de hacer bulto, de tropezar con ello. Jacio, jacere, jeci, jactum significa por sí mismo lanzar, arrojar, tirar, echar. Jacere lápides es arrojar piedras; jacere flores, arrojar flores; jacere áliquem in praeceps, arrojar a alguien a un precipicio; jacere semen (o sémina), echar la semilla, sembrar. De aquí hemos derivado yacer, adyacente, yacija. Del intensivo jactare hemos obtenido proyectar, inyectar, deyección, objetar, objetivo, objeto, sujetar, sujeto. He ahí que el sujeto y el objeto proceden del mismo verbo, en su forma de perfecto, es decir de resultado presente y duradero de una acción pasada. Se supone que lo que yace ha sido previamente arrojado (jactus o jactatus) ahí. Al subjectus (sujeto, el que yace debajo) se le llama así porque es el soporte, el núcleo de todo lo demás, llamado también substantia (lo que está debajo y sostiene; lo que está oculto). El objectus tiene de particular el prefijo ob, uno de cuyos valores es el de finalidad, que acaba concretándose en el de utilidad y de provecho. El objectus ha redondeado, pues, su sentido precisamente en esta dirección; y es bien cierto que si una cosa no está ahí delante de nosotros para algo, para obtener de ella algún provecho, ya no merece el nombre de objeto. Y a la inversa, si alguien (sujeto) está puesto delante de nosotros para que lo utilicemos en algo, para que le saquemos provecho, justo con eso le hemos sustituido el prefijo sub por el ob, convirtiéndolo en objeto. Se entiende bien que podamos hablar así de la mujer-objeto, del hijo-objeto, y prontísimo ya del embrión-objeto y de aquí a nada del feto-objeto (en este momento no es todavía objeto, sino "deyecto", desecho, porque no se le saca provecho a ese material tan valioso). Pero todo se andará. Siendo tan buena la causa, se crearán las figuras del embrión-donante y el feto-donante (con calidad de sujetos, justo para evitar su calificación de objetos y por tanto el libre comercio con los mismos); y la ley establecerá los plazos en que en vez de abortar sin más, se puedan aprovechar (convertir en objetos) tan valiosos materiales.

Mariano Arnal

 
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