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miércoles, 21 de enero de 2015

Es temerario pretender que uno ha encontrado la explicación segura de cómo una palabra tan antigua y con tantísima carga cultural y emocional se formó en sus inicios y cómo fue evolucionando su forma y su significado hasta llegar a su valor actual. Hay palabras que son realmente fortalezas inexpugnables, que guardan celosamente sus misteriosos secretos. Pero esto no es óbice para que intentemos alguna aproximación, por si plantados ahí ante la palabra, encontramos algún flanco por el que podamos penetrarla.

Lo único que se puede hacer, y creo que es útil, es un análisis fenomenológico, es decir limitarse a señalar lo que se ve o lo que parece que se ve en la misma palabra y en sus aledaños. La palabra latina es mulier, con el significado de mujer en general, mujer casada, esposa y hembra. La primera pregunta que hay que hacerse es si este nombre nació para denominar exclusivamente a la mujer, o sirvió ya desde su origen para denominar a las hembras en general. Por supuesto que se usó indistintamente, pero lo que es imposible de precisar es si la aplicación de mulier a hembras no humanas es propio o metafórico. Es necesario hacer esta precisión porque el entorno léxico nos lleva más bien hacia una aplicación de este nombre a todas las hembras indistintamente. Sorprende y plantea algunos interrogantes en esa dirección, la proximidad de mulcere, que significa palpar, tocar suavemente, acariciar... y mulgere, que significa ordeñar, y cuyo parentesco entre sí es evidente. Ambos verbos están claramente relacionados con el griego amelgw (amélgo), que ofrece una amplia zona de coincidencia con ambos (significa extraer presionando, succionar, ordeñar) y que comparte raíz con la palabra inglesa milk (leche).

La afinidad fonética permite especular con la posibilidad de que tengan, en efecto, relación de parentesco, mucho más razonable partiendo del supuesto de que mulier hubiese nacido como denominación genérica de hembra, máxime si tenemos en cuenta que el mayor refinamiento en la explotación de la ganadería está en la leche y sus derivados. Pensar, por tanto, que para el hombre inventor de la ganadería hembra fuese igual a ordeño, es decir que una y otra fuesen palabras afines, no tiene nada de extraño. Lo que es realmente extraño en nuestra cultura es que en comparación con los elogios que se han hecho desde la antigüedad de las otras dos bases de la alimentación, el pan y el vino, que además van a misa en casi todas las religiones, no ocurra otro tanto con la leche, que es el mayor invento en cuanto a alimentación (tan bueno que nos lo da directamente la naturaleza, al contrario del pan y el vino, que necesitan una complejísima elaboración desde que obtenemos el producto base hasta que podemos consumirlo). Parece que pesa sobre la leche algún género de tabú o de remordimiento, que hace que la humanidad no se sienta especialmente orgullosa ni de la forma en que empezó esta explotación, ni de la forma en que sigue actualmente. Quedan en el entorno de mulier algunas otras palabras que examinar. (Continuará)

Mariano Arnal

 
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