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lunes, 12 de enero de 2015

Sobre la palabra fidelidad, que está construida en latín a partir de la idea de la fiabilidad, y de que la carga de la virtud no está en quien confía, sino en quien se hace merecedor de esa confianza; y construida también a partir de la idea que se expresa aún más claramente en griego en la palabra pistiV (pístis) que es con la que denominan la fe, y que procede del verbo peiqw (péizo), cuyo significado es básicamente convencer (de diversos modos opuesto a vencer); sobre la fidelidad, digo, se ha construido la infidelidad. Y repito, se ha construido como reacción de rebeldía contra la fidelidad, por ser ésta la continuidad de una situación vivida como imposición. Y me refiero tanto a la fidelidad masculina como a la femenina.

Digo, pues, que la infidelidad es algo vivido en negativo y en rebeldía; que no sólo es negativa su forma léxica, sino también su forma vital. Si volvemos a la fidelidad genérica (ver web), observamos que en cualquier caso no nace de la libre voluntad, sino que viene impuesta por una previa acción de fuerza, que se pretende asentar como una relación de confianza mutua, de pacto entre el ganador y el perdedor por el que se comprometen ambos a dar por bueno el statu quo resultante de esa acción, y a no modificarlo. Si no hubiese en todo pacto un ganador y un perdedor, aún estarían por inventar los pactos. Todos nacen de una relación de dominación-sometimiento. Todo pacto (pango, pangere, pactum = clavar las estacas en señal de que se renuncia a seguir invadiendo el territorio ajeno) es una suspensión de las hostilidades y en él se invoca la fe mutua, es decir la fiabilidad recíproca. La toma de prendas o rehenes fue la forma más habitual de garantizar el cumplimiento de los pactos. Eso explica las grandes cortes, eso explica muchísimos matrimonios (Salomón, a causa de los pueblos y ciudades que sometió a tributo, entre mujeres y concubinas juntó en su palacio tantas como 900). Y desde siempre, los pactos se han cumplido mientras se ha mantenido la situación de debilidad del que resulta "obligado" a cumplir el pacto por ser la parte perdedora.

En el matrimonio, por el origen histórico del mismo y por la evidente diferencia de interés sexual entre el hombre y la mujer, y a semejanza de Briseida, atendiendo al servicio del marido y de la casa, y sirviéndole también en el lecho velis nolis (tanto si quieres, como si no), ésta no es que se haya sentido, sino que ha sido siempre perdedora, y a ella le correspondía, naturalmente, la carga de la fidelidad. Además estaba en condición de rehén desde el momento en que no podía librarse de su forzada fidelidad al pacto que se le había impuesto (el único posible a partir del contexto social y económico en que éste se producía). Por eso se entiende perfectamente que en todos aquellos casos en que el amor mutuo no había transformado en voluntaria y gozosamente aceptada la fidelidad impuesta por el pacto matrimonial (un auténtico contrato leonino), tan pronto como la mujer dejó de ser rehén de su marido gracias a la independencia económica, hizo saltar por los aires la fidelidad impuesta, buscando recuperar y ejercitar su libertad precisamente en la infidelidad. (Continuará)

Mariano Arnal

 
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