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miércoles, 07 de enero de 2015

Una observación léxica sobre fémina, la palabra latina de la que deriva hembra y que hemos reservado para denominar a la hembra humana, la mujer, y con su respectivo -ismo, el movimiento de liberación de la mujer (el feminismo). El hecho de que al género gramatical femenino se le denomine así, es una evidencia de que al menos como cultismo (la gramática es toda ella un compendio de cultismos) la palabra fémina servía indistintamente no sólo para la hembra humana, sino también para las hembras de las demás especies. El género femenino nos recuerda, por tanto, la condición de hembras de las féminas.

 Parece ocioso indicar algo tan obvio, pero el esfuerzo cultural que se hace por marcar distancias entre la mujer y las demás hembras, es bastante mayor que el que se hace por marcar distancias entre el hombre y los demás animales (en cuanto a la analogía entre el macho humano y los demás machos de la naturaleza, aún no se ha despertado el interés, porque no es culturalmente oportuno). Efectivamente, al ser tan corto el ciclo generativo del macho (en la inmensa mayoría de las especies en la cópula empieza y acaba su oficio generador), que la naturaleza lo ha diseñado como puro apéndice, mientras que el ciclo reproductor de la hembra es inmensamente largo, no interesa destacar esas diferencias, porque la historia las ha hecho desembocar en escandalosas ventajas para la condición de macho del hombre, y sangrantes desventajas para la condición de hembra de la mujer. Los esfuerzos de igualación van encaminados a nivelar (prefiero este término que el de igualar) los ciclos sexuales (ya no generativos, es decir sexo sin reproducción) del maho y de la hembra, adoptando como patrón el del macho (una vez más en dirección contraria a la naturaleza, en que el cronómetro sexual corresponde a la hembra). De lo que se trata, es, pues, de descartar de la vida de la hembra humana la reproducción como característica diferencial del macho, de manera que su contribución al relevo generacional tenga un carácter episódico que de ningún modo tiene que marcar diferencialmente la vida de la mujer.

Es inequívocamente una forma de explotación de la mujer someterla a ejercer de hembra desde el aspecto reproductor (que es el que funciona en la naturaleza), ya sea el beneficiario la familia o el estado. Eso es así. Modernamente los estados que viven con preocupación el problema de la natalidad, se han planteado pagarla mediante diferentes fórmulas, pero pagarla al cabo. Si nuestra cultura es al fin y al cabo el resultado de relaciones económicas, ahí es donde inevitablemente vamos a parar. Y ni siquiera vale la pena pensar si es bueno o malo: es inexorable. Pero queda otro capítulo de explotación de la mujer que salpica nuestra cultura: la explotación sexual (sin reproducción). A esto se le llama actualmente prostitución; es un capítulo largo con muchas ramificaciones y muchas palabras que conviene analizar en su entorno (algunas, muy santas). De momento señalo que a esto los griegos le llamaban porneia (pornéia), y pornh (porné) a la prostituta. Es obvio que la palabra pornografía (una de las grandes industrias de nuestros tiempos) viene de porné, y ésta de pernemi (pérnemi) vender, porque las prostitutas eran esclavas.

Mariano Arnal

 
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