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domingo, 28 de diciembre de 2014

Hay palabras que nacieron inocentes, ésta es una de ellas, y luego las convertimos en malsonantes. En todas las lenguas necesitamos palabras gruesas para cuando sentimos la necesidad de ser groseros o hirientes (y ocurre esto con frecuencia) y sus equivalentes más finas para cuando queremos ser elegantes. La selección es bastante arbitraria (véase lo que ocurre con el verbo coger, de tan distinto uso en España y en Hispanoamérica). El caso es que tenemos documentado desde 1732 el uso de follar con el significado de "soplar con fuelle"; un siglo más tarde se le ha dado la vuelta y en 1822 significa ya "soltar una ventosidad". Y a partir de 1905, no hace aún un siglo, tenemos documentado su uso con el significado de "practicar el coito". Obsérvese, por pura curiosidad, que la palabra "follón" si alguna relación tiene con follar es a partir del significado que ésta tuvo antes de 1905. De hecho la Real Academia tuvo que recoger el significado que actualmente tiene, asignado también con bastante arbitrariedad por los hablantes.

El verbo follar tiene su origen en el sustantivo latino follis, que significa fuelle, del que procede el verbo follicare (la i átona no tardó en caer, con lo que se pasó a follcare, que se bifurcó en follar y folgar). Follicare significa respirar como un fuelle, resollar, jadear. Es razonable creer que la utilización de este término para indicar el descanso, se debería justamente a la idea que la misma palabra des-canso encierra: sin cansancio, no puede haber descanso. Folgar sería detenerse a resollar, "tomarse un respiro" jadear, que además es una forma refleja de descanso (si hay cansancio, claro). Es posible que hayan influido en la asignación de esta palabra al acto del coito, tanto el significado de jadeo, como el de fuelle, por el movimiento de vaivén, especialmente convulsivo cuando se quiere avivar el fuego. Abona esta última hipótesis el hecho de que se use preferentemente este verbo considerando al hombre como agente gramatical y a la mujer como paciente, no siempre exclusivamente gramatical. Sea como fuere, ahí están las palabras y ahí las imágenes.

El hecho de que se use esta palabra como una grosería, posiblemente tiene un trasfondo digno de análisis. Si ponemos a un lado los términos follar y joder, y al otro hacer el amor, observamos de inmediato que hemos colocado bien la barrera. La fórmula de hacer el amor, préstamo generoso de los franceses, implica respeto mutuo, implica absoluta igualdad de la pareja. En cambio en los términos follar y joder van implícitos todos los usos que estas mismas palabras tienen fuera del ámbito sexual: agresividad, imposición, abuso... , con lo que cuando se emplean en el ámbito que supuestamente les es más propio, es inevitable que flote en ellas esta carga negativa, aunque no haya intención de aludir a ella, porque la llevan ya las palabras. Lo peor de todo, no es que sea el uso extrasexual el que contamina su valor sexual, sino bien al contrario. El hecho de que se haya practicado (y se siga practicando) el sexo de forma agresiva, es lo que ha permitido que estos términos hayan podido ser trasladados a otros ámbitos con el valor que tienen.

Mariano Arnal

 
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