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domingo, 09 de noviembre de 2014

El mundo está loco, loco, loco. Los países "desarrollados" estamos jugando con fuego. No está nada claro que con la política de cambiar reproducción por producción, salgamos ganando a corto plazo. A largo plazo está clarísimo que no.

Prolíficus es el que facit (hace) prolem (prole); generalmente se denomina así al que tiene mucha prole. Del verbo alo, alere, altum, que significa alimentar (de paso, observemos cómo el adjetivo alto es el participio pasado de alere, alimentar), con el prefijo pro, se forma el sustantivo proles, que tiene el mismo significado que para nosotros, puesto que prole es un término culto tomado directamente del latín. De esta familia nos es más conocida la palabra proletario (ver web), que era el ciudadano pobre, que no podía aportar al Estado otra cosa que su prole. Así estaba inscrito en los registros de la Hacienda romana; es decir que todos los ciudadanos contribuían con dinero al erario, menos los proletarios, a los que se computaba la prole como contribución a las necesidades de la comunidad.

La prole es un bien valiosísimo de la comunidad (no sólo de sus padres). Si no se tiene, hay que importarla. Y eso a la larga crea conflictos. Ocurre muy a menudo que los trabajadores importados son más prolíficos que los aborígenes, con lo que inexorablemente acaban ocupando más territorio y más poder político y económico, que despiertan los recelos o simplemente el resentimiento de los autóctonos (ver web). Si además tienen personalidad y cultura propia, el conflicto está servido. Sólo los países que se definen en su propia constitución y en su praxis diaria como multiétnicos y multiculturales, conjuran estos peligros. Para los que están formados por una nacionalidad que se considera con derecho preferente o exclusivo al territorio, importar personal es a la corta prosperidad; y a la larga, exacerbación nacionalista y conflicto.

Una fórmula que ha aplazado el conflicto, pero no lo ha resuelto, es que el Estado considere como propios los hijos de los extranjeros y los desarraigue de la cultura de sus padres para integrarlos totalmente como ciudadanos del Estado que los ha importado. Pero al no ser nunca completa esta solución, porque nunca se alcanza el desarraigo de todos, lo único que se consigue es un estado de fricción constante hasta que el cambio de correlación de fuerzas hace propicio el estallido.

¿Qué es lo que estamos haciendo los países desarrollados? Simplificando mucho, hemos decidido (todos y nadie) que es más beneficioso para los individuos, para las familias e incluso para el Estado, que la mujer dedique el menor tiempo posible a tener hijos (los hijos requieren mucho tiempo; hoy por hoy todavía el de la madre con preferencia), para entrar de lleno en el sistema productivo. Con ello la riqueza de las familias y la del Estado es mucho mayor, pero a costa de dejar desatendido el capítulo de la reproducción, que de hecho se deja para las mujeres del tercer mundo, que nos mandan a sus hijos a trabajar a nuestros países y a suplir nuestro déficit en el relevo generacional. Y un día u otro, acabamos pagando este servicio.

Mariano Arnal

 
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