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jueves, 24 de julio de 2014

Communitas es la palabra latina de la que deriva nuestro término comunidad. Parece que no le hemos cambiado nada. Es esto cierto en cuanto a la forma, pero no en cuanto al contenido, que lo hemos restringido. En latín significaba, además de comunidad, sociabilidad, instinto social, amabilidad, bondad, afabilidad. Se denominaba también así la justicia civil común a todos, la que les hacía a todos iguales. Es decir que denominaba, además del resultado (la agrupación de personas), las virtudes y prácticas que hacían posible ese resultado. En la órbita de communitas están communicatio, communio y communis, del que derivan los anteriores. Com-munis es un compuesto de cum, que expresa idea de unión, compañía, y munus, que significa deber, obligación, servicio. El adjetivo munis significa servicial, atento, cumplidor de su deber. De donde cae de su peso que una communitas es una agrupación de personas que tienen la voluntad de estar vinculadas entre sí por el cumplimiento de atenciones y obligaciones comunes y recíprocas.

Toda comunidad necesita los ritos, los mitos y las doctrinas que contienen vivo el munus, renuevan constantemente su vigencia, y mantienen a sus miembros múnites, es decir atentos, serviciales, dispuestos a cumplir con su deber. De lo contrario, la comunidad no se sostiene. El rito de la Misa y de la Comunión, con toda su carga de mito y de doctrina, es el aglutinante de la comunidad cristiana. Es difícil imaginar la permanencia del cristianismo sin la Misa y la Comunión, como difícil es imaginar el islamismo sin sus ritos tanto privados como públicos. Y de la misma manera que la vinculación de cada persona a su religión depende en buena parte de su participación asidua en los ritos y festividades, así también ocurre con la vinculación colectiva. Si una colectividad no cultiva los ritos, los mitos y las doctrinas que constituyen sus cimientos, mal puede durar. Es imposible que se mantenga cohesionada una comunidad cuyos individuos ni siquiera saben en qué consiste pertenecer a la comunidad. Por eso se han instituido el catecumenado, los ritos de iniciación y la liturgia de la palabra en los ritos habituales. La forma laica de todo este armazón, que es la escuela y los medios de comunicación, nunca consigue calar tan hondo como la forma religiosa. Por eso las comunidades civiles y entre ellas las políticas, son efímeras comparadas con las comunidades religiosas. Por eso los movimientos políticos, especialmente los nacionalistas, se esfuerzan al máximo por pivotar en torno a fórmulas religiosas, generalmente administradas por auténticos "animales religiosos" (es un calco del zwwn politikon tzóon politicón, del animal político, que diría Aristóteles).

La comunidad cristiana (entendiendo por tal la de todos aquellos cuya vida sería muy otra si no fuese porque apareció en su cultura el cristianismo, abriéndole un ancho camino al humanismo) tiene como distintivo y aglutinante máximo la Comunión, a la que se aferran, al igual que a los demás ritos trascendentales, millones de "fieles" del sistema cristiano, aunque no tanto de su religión.

Mariano Arnal

 
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