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jueves, 26 de junio de 2014

Vamos al trapo. Entre las posibilidades de parentesco que se le ofrecen a Véritas (ac. Veritatem) en su campo léxico, parece que es el verbo véreor, véritus sum, vereri, su más próximo pariente. De la forma nominal véritus al sustantivo véritas, hay sólo un tiro de piedra. La sustantivación en -itas -itatem puede muy bien tener carácter iterativo. Suponiendo que esta hipótesis esté bien encaminada (la verdad es que no queda margen para mucho más), véritas sería una sustantivación de véreor.

Vereor significa avergonzarse. Son familia segura de este verbo, verecundia, que significa vergüenza; reverencia, reverenciar, reverendo, irreverente. Verecundia es el pudor, la modestia, la moderación, el respeto; y por el enrojecimiento que produce la vergüenza, se llama también verecundia al color encarnado que toman las cerezas madurando. Reverendo sería en rigor aquel ante quien hay que avergonzarse o comportarse con moderación. Y reverencia, la actitud sumisa ante quien está por encima de nosotros. Y ¿por qué no habría de ser la véritas la forma hablada de la verecundia? No andan tan lejos. Más aún, si a alguna palabra conviene derivar de res, tal como aceptan bastantes etimologistas que deriva vereor, más le conviene ese origen, desde el punto de vista semántico, a véritas.

Pero no es eso sólo; cuando nos pasamos a la palabra con que los griegos denominan la verdad, nos encontramos con que es alhqeia (alézeia), compuesta de a privativa, más lhqhV (lezés) = oculto, escondido; de lanqanw (lanzáno) = estar escondido; con lo que la verdad en griego sería la virtud de no ocultarse y por extensión de no ocultar y de no olvidar nada. Una virtud, en fin de cuentas, orientada a no evadirnos del control de nuestros dominadores. En cualquier caso, en griego con toda seguridad, y en latín con razonable probabilidad, la verdad no parece diseñada para uso de los dominadores, sino de los dominados, y para benificio de aquellos.

Pero cuando la verdad es absoluta y por tanto única, la actitud de los que tienen que "hablar con verdad" ante los sagrados administradores de la misma, ha de ser de total humildad y sometimiento. Ha de ser la recitación de las santas jaculatorias tal como emanan de la fuente de toda verdad con una fidelidad escrupulosa. La verdad no puede emanar de quien ha de estar sometido a ella, sino del poder. El dominio por la verdad es el más alto nivel de dominación. El que no posee la verdad ha de beber de la mano de su dueño, que es el dueño de la verdad. El que tiene la suerte de militar en el bando de la verdad, puede ahorrarse el trabajo de pensar, tan arriesgado por otra parte. Le basta repetir reverentemente lo que sus reverendos prebostes dicen, para tener garantizada la paz de su mente y de su conciencia. Sin humildad, sin menosprecio de la propia capacidad de saber, sin sumisión sincera, no puede abrirse paso la verdad absoluta. Por eso hay que comprender que quienes están en posesión de la misma se irriten profundamente cuando ven que es tan irreverentemente pisoteada y profanada.

Mariano Arnal

 
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