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lunes, 05 de mayo de 2014

Aliud est iudicium, aliud arbitrium. Una cosa es juzgar y otra cosa es arbitrar - Cada lunes los árbitros son objeto de críticas feroces, como si arbitrar fuera por sí mismo algo reprobable; cuando para eso están ellos en lugar de máquinas. El índice de error de éstas, sería a todas luces irrelevante, comparado con el de los árbitros. Y sin embargo, ahí están y seguirán estando ellos.

Pero ¿qué es un árbitro? Leo en el diccionario de Joaquín Domínguez (1895): árbitro, tra. s. Que dispone a su antojo, a su libre albedrío, a su capricho, sin traba ni resistencia capaz de contrarrestar su voluntad, su decisión, hablando de personas.// s. m. For. El juez arbitrador en quien resignan su compromiso las partes, para ajustar, decidir, conciliar,cortar, transigir o componer sus respectivas pretensiones. Está claro que los árbitros deportivos no se habían ganado todavía el honor de los diccionarios.

Arbiter es la palabra primitiva de la que derivan arbitrar, arbitrio, arbitraje, arbitrario, arbitrariedad. Todas ellas íntimamente emparentadas. Arbiter - arbitris Significa fundamentalmente "testigo", "espectador". Según una etimología poco segura, esta palabra podría estar compuesta de ad (a) + beto (ir) y significaría "acercarse" a ver u oír algo, a comprobar por sí mismo una cosa. Arbitror / arbitrari es el primer derivado, cuyo significado es presenciar como testigo, examinar, creer, opinar, decidir como árbitro.

Se espera del árbitro, por tanto, que haga de testigo y como tal dé fe de lo que ha visto y levante acta; que pite todas las incidencias y en caso de duda (por ejemplo, respecto a si una patada o un empujón han sido voluntarios o involuntarios) arbitre aunque no esté seguro (que ocurre muy a menudo). En este caso ha de recurrir a su arbitrio que, cuanto menos seguro esté, más arbitrario tendrá que ser. Ha de tomar la decisión en un segundo y no puede abstenerse ante la duda, porque abstenerse es decantarse a favor de uno de los contendientes y en contra del otro. No se le puede exigir la infalibilidad (menos cuando los jugadores juegan sucio e intentan engañarle). Sólo le es exigible juego limpio.

La única arbitrariedad que le está vedada al árbitro es usar dos distintas varas de medir para los dos contricantes que compiten. Por lo demás, se le exige la vista del lince, la rapidez del rayo y el acierto de Salomón en sus juicios. Y como todo eso a la vez no es posible, ha de entrar necesariamente en juego la arbitrariedad y hay que admitirla como tal. Sólo cabe exigir que sea equitativa, que no se decante en favor de uno de los contendientes y en perjuicio del otro. Que los errores que inevitablemente produce el arbitraje, se subsanen y se equilibren mediante decisiones arbitrarias, allí donde hay mayor margen de arbitrariedad, a fin de conseguir el equilibrio, que es el verdadero triunfo del árbitro.

Mariano Arnal
www.elalmanaque.com

 
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