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miércoles, 16 de abril de 2014

KukloV (kyklos) es la palabra griega de la que procede el concepto de re-ciclar. KukloV, que transcrito nos da ciclo, pasado por el latín nos da círculo y traducido del todo, nos da redondel (de rotundus, que a su vez deriva de rota, que es la rueda, palabra primigenia, de las que intentan reproducir la realidad). Emparentadas con reciclaje por la presencia del elemento ciclo tenemos bi-cicl-eta, cícl-ope, en-ciclo-pedia... en todas ellas se encierra la idea de "redondo" y como idea derivada de ésta, a través de la rueda, la idea de "vuelta", de "dar vueltas" y por extensión, la de "ir y volver repetidamente" prescindiendo de la forma geométrica, es decir ya no en redondo.

La palabra reciclaje expresa a la perfección la idea que pretende transmitir (no todas las palabras de reciente formación lo consiguen): en la Naturaleza todo son ciclos, unos muy cortos y otros inmensamente largos. Pero finalmente, todo se mueve cíclicamente. Es inconcebible para la Naturaleza crear algo cuyo reciclage no forme parte de la misma naturaleza de la criatura. Construcciones soberbias por su grandeza o por su belleza, llevan en sí mismas la clave de su desintegración para reintegrarse a la tierra de la que salieron. En la naturaleza no hay ni basuras ni basureros. Sólo hay cambios de estado en un constante equilibrio global. Nunca la tierra produce nada que no pueda convertirse finalmente en la tierra de la que todo vuelve finalmente a brotar. Siempre la vida que produce puede ser incorporada a otra vida, inferior o superior. Y la parte de esta vida que no ha podido ser reciclada por la vida, a la tierra vuelve, a convertirse en tierra. Característica común y constante de todo lo que cría la tierra, es que durante toda su existencia tiene razón de ser (no así los productos humanos) para sí misma o para el entorno del que forma parte. Es la gran ventaja de la rotación.

Por el contrario, una de las características más negativas de los productos del hombre moderno, especialmente del hombre industrial, es que sus criaturas tienen una vida útil insignificante, en comparación con la vida muerta que les queda una vez desechadas. Nunca muere un árbol de segunda generación sin que el de la generación que le precede se haya reintegrado totalmente a la tierra. La naturaleza nunca acumula dos generaciones de cadáveres. El hombre, en cambio, fabrica la segunda y la tercera y la décima generación de coches, de neveras, de plásticos, de aluminios, de embalajes... cuando a la primera generación todavía le faltan decenios, siglos o milenios para completar su ciclo de desintegración. Y junto con algunos productos fabrica grandes cantidades de basuras que vierte en las aguas, incapaces de regenerarlas a corto ni a medio plazo, y que han de guardar en sus fondos o en sus orillas formando cenagales muertos por siglos. Y lanza a la atmósfera toneladas de basura vaporizada, una basura que sólo en parte es capaz de reciclar la atmósfera, quedando el resto suspendida en el aire por los restos, o siendo precipitada a la tierra para envenenarla. ¡Como si fuera lo más natural!

Mariano Arnal
www.elalmanaque.com

 
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