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jueves, 20 de febrero de 2014

Entre la decepción, el reclamo y el engaño tenemos formada una tríada que no es fácil despachar de trámite. En el reclamo tenemos exclusivamente engaño. Pero no lo revela la propia palabra. En cambio en el engaño es la propia palabra la que nos pone sobre la pista de su naturaleza. Gannire significa en general producir sonidos animales, sean propios del hombre o de otros animales. Y el sustantivo gannitus nos da ya directamente gañido; su parentesco es evidente.

 Esta palabra la han usado los autores latinos con diferentes valores: el original y más frecuente, de origen onomatopeico, hace referencia a los gañidos o aullidos de los perros pequeños. Se amplía luego, según los autores, al sonido de diversos animales, hasta representar también el de los pájaros (así la Vulgata y Apuleyo); y se aplica finalmente por analogía a todos los sonidos humanos que no constituyen habla propiamente dicha (lamentaciones, gemidos, quejidos, arrumacos) o aquellos que quien así los denomina, no percibe como habla (gruñir, refunfuñar, despotricar, cichichear, mascullar entre dientes). No existe la palabra latina in-gannare, y sin embargo parece evidente que el segundo elemento se ha tomado del latín. El prefijo in es resultado probablemente de la fuerte inclinación de los hablantes a añadir un prefijo (no necesariamente significativo) con la sola intención de darle más fuerza a la palabra por el elemental recurso de alargarla. De todos modos, la elección del prefijo in con preferencia a otros, se explica por su valor de dirección e incluso de ataque, perfectamente deducible en infinidad de formaciones análogas (in-sultar significa "saltar contra alguien"; in-vectiva es "lo que se lanza contra alguien"...).

Lo que da que pensar es que nuestros tatarabuelos eligiesen precisamente esta palabra para denominar el engaño. Porque habiendo desarrollado el latín palabras muy evolucionadas para expresar este concepto, constituye un retroceso volver a un término y a una imagen onomatopeicos para formar una nueva palabra. Me inclino a pensar que ésta se debió formar como calco de alguna otra preexistente del sustrato prerromano. O en la fuente inagotable de palabras onomatopeicas, que es el lenguaje infantil (¡el de los mimos!, es decir el de las imitaciones). Y como los genes de que están formadas las palabras, ahí están con sus caracteres, a la vista unas veces y ocultos otras, resulta que hemos reservado este término frente a "mentir" separando diáfanamente los respectivos campos. No se puede mentir sin palabras. La mentira corresponde en exclusiva al mundo de la palabra. Sí que se puede en cambio engañar sin palabras, porque el engaño pertenece más bien al ámbito de la percepción y de los sentimientos. Se puede engañar muy bien diciendo la verdad; se puede ser al mismo tiempo verídico y engañoso. Por eso en la escala de la maldad ocupa un lugar preeminente el engaño, que reviste una especial gravedad porque burla las facultades que uno ni sospecha que puedan ser objeto de engaño, como son los sentimientos. Pero nuestro peor enemigo acabamos siendo nosotros mismos, que tenemos tantas ganas de ser engañados, que nosotros mismos nos llamamos a engaño.

Mariano Arnal
www.elalmanaque.com

 
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