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lunes, 30 de septiembre de 2013

A uno le definen los otros. A un territorio le define, le limita otro territorio. A una propiedad la limita otra propiedad. A un derecho lo limita otro derecho. A una doctrina la limita otra (o las otras) doctrinas. A una nación la limitan otras naciones. Europa dormiría sin sobresaltos y sin pesadillas si supiera cuáles son los límites de la nación servia. Y los españoles estarían más a gusto si supiesen cuáles son los límites que definen la nación vasca y cuáles los que definen la nación catalana. Sobre todo les urge saberlo a los que quedarán confinados dentro de esos confines y a los que tendrán que constituir ellos mismos el límite, es decir la barrera humana.

De momento los nacionalistas vascos han definido ya, es decir han marcado los límites territoriales de su proyecto de Estado. Y han definido también cuál quieren que sea su relación con el Estado español al que ahora pertenecen: ninguna. Por tanto, España pasará a ser uno de los confines del Estado de Euscadi. Pero falta todavía que se definan los "vascos auténticos", los herederos de los derechos que da la tierra y la raza, frente a los que no son iguales que ellos, a los que son de fuera, pero quedarán confinados dentro. "Maquetos" parece que les llaman. Los griegos, a los extranjeros, que sólo tenían algunos derechos civiles, los llamaban "metecos"; casi igual. De momento esos están definidos como "españoles". Ya adelantó Arzallus que naturalmente, tendrían que ir provistos de pasaporte, como los naturales de cualquier otro país. Hasta ahí sabemos. Pero no es ése el único ni el último confín. Si no completan la definición de "vasco" y "no vasco" y también la de "español", que es un "no vasco" específico, con agravantes, se estará en un Estado sin los artículos fundamentales de la ley fundamental. Es urgente, por tanto, que definan, que marquen los límites claros y oficiales entre el vasco y el no vasco, sin andar moviendo los mojones cada noche, y últimamente ya a la luz del día.

En un mundo presidido por una solemnísima Declaración de Derechos Humanos con los que tanto se llenan la boca (y parece que también los bolsillos) tirios y troyanos, lo menos que se puede pedir a quien pretende montar sobre ti un Estado, se supone que de derecho, es que marque sin equívocos los límites del derecho o de los derechos de ciudadanía de los unos y de los otros, que son el auténtico campo de Agramante; porque se trata, claro está, de hacer un Estado en que haya unos y otros; si no, no hay nacionalismo. A no ser que "los otros" sean una especie a extinguir y no deban aparecer siquiera en la ley fundacional del nuevo Estado para no contaminarla. O a no ser que piensen que la larga transición de pueblo oprimido a pueblo libre que iniciaron hace 30 años, necesita prolongarse en un tiempo indefinido hasta llegar a la plenitud nacional.

Mariano Arnal
www.elalmanaque.com

 
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