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domingo, 29 de septiembre de 2013

Los griegos,de la palabra <oroV (hóros), que significa límite, mojón, frontera, formaron el verbo <orizw (horítzo) que significaba limitar, poner mojones, trazar los límites, poner la frontera... De este verbo derivaron por una parte la palabra y el concepto de horizonte tal como lo conocemos: <orizwn - <orizontoV (horítzon - horítzontos). Y por otra parte forjaron el concepto negativo aoristoV (aóristos), que significa indefinido, indeterminado, sin límite, ilimitado. Con esa palabra denominaron uno de sus tiempos verbales, el aoristo, que nosotros tradujimos con la palabra indefinido, ahora en desuso, justo por su indefinición.

En las lenguas latinas (empezando por la propia lengua madre) seguimos con el mismo concepto. De las tres palabras que lo contienen (términus, limes, finis), se ha desarrollado especialmente la última. Fines, para los romanos son fronteras; y definire es determinar los límites de algo. Ellos mismos desarrollaron nuestro actual concepto de definición. Definir, tanto un territorio como un objetivo, como una palabra, es fijar los límites. Es saber dónde acaba algo, y qué es lo que queda fuera de su frontera, aquello que no puede entrar. Una silla no puede ser algo indefinido. La definición se hace para saber con seguridad si un taburete o una butaca entran en la palabra "silla", o se tienen que quedar como afines (ad fines, junto a los límites), pero fuera.

Indefinido es aquello que no tiene límites, que no se sabe dónde empieza ni dónde acaba. Y de la misma manera que necesitamos definir, a muchos efectos, qué son frutas y qué son hortalizas; qué son derechos y qué son deberes; qué es trabajo y qué es ocio; qué es ganancia y qué es pérdida; qué es virtud y qué es vicio; qué es tuyo y qué es nuestro; y así hasta el infinito, necesitamos también en cuanto colectividades organizadas en Estados, es decir en sistemas cerrados y bien definidos de derechos y deberes, definir cuáles son las fronteras geográficas y jurídicas de nuestro sistema. Estos límites los marcan las Constituciones de los Estados y las leyes que las desarrollan. Y son esos límites los que garantizan a todos los que forman parte de ese Estado, que nadie de fuera vendrá a imponerles más cargas que las que hayan ya asumido como colectividad; ni nadie de dentro se zafará de las obligaciones comúnmente asumidas. Pero desde el momento en que alguien empieza a cavar anchísimos túneles por debajo de esos límites para transitar cómodamente por ellos, y espléndidas rampas que salten los muros por encima, se entra en un estado de indefinición. Se vuelve a discutir qué es tuyo y qué es mío, qué es legítimo y qué ilegítimo; hasta dónde llegan mis fronteras y hasta dónde las tuyas. Y esas discusiones nunca se tienen en paz. Por eso se inventaron los Estados, porque constituía un tremendo desgaste replantear cada día el derecho de cada uno a estar donde estaba y a tener lo que tenía. Por eso se fijaron los límites territoriales y los límites jurídicos. Cada vez que se cuestionan esos límites, se vuelve a caer en la indefinición y por tanto en la inseguridad.

Mariano Arnal
www.elalmanaque.com

 
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