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viernes, 20 de septiembre de 2013

Mientras los traumas fueron sólo físicos, competencia por tanto del traumatólogo, se mantuvo el uso de este término en unos límites razonables. Pero en cuanto nos pasamos a los traumas psíquicos, se desbordó el uso de esta palabra. Este hecho nos permite deducir prima facie que son muchos más los golpes que recibimos en el alma, que los golpes que soportamos en el cuerpo. Y que tenemos un alma muy achacosa en un cuerpo relativamente sano.

Que nuestros traumas no son de los que resuelve el traumatólogo, sino el taumaturgo. Pero esto forma parte de la condición humana. Es natural que los presos tengan que soportar el desequilibrio psíquico que les origina su condición de presos. El remedio a su mal es evidente: la libertad. Mas no será por ese camino por donde se le curen los traumas al preso. Contará con un servicio redoblado de asistencia psíquica y con todos los fármacos que quiera, pero no con el remedio, no con la libertad.

Si trasladamos la imagen de los traumas psíquicos a los físicos, es como si habiéndose producido un cataclismo y habiendo quedado aprisionado alguien por un gran bloque, recibiese todo tipo de ayudas médicas: respiración asistida para contrarrestar el aplastamiento de los pulmones, medicamentos y ayudas mecánicas para la circulación sanguínea, tonificadores musculares... en fin, todo lo necesario para sobrevivir en su nueva situación; todo menos levantar el bloque que está haciendo necesario ese gran despliegue médico.

Igual que hemos de soportar resignados las enfermedades profesionales (o eso, o no trabajamos), hemos de soportar también las inherentes a la condición humana, que si hemos de creer a las estadísticas, se endurece cada vez más y necesita cada vez más asistencia facultativa. A medida que los sistemas de vida y de trabajo reducen la presión sobre nuestro cuerpo, la aumentan sobre nuestro espíritu, de manera que quien no está traumatizado por una cosa, lo está por dos.

Antes de que el hombre fuera sustituido por las máquinas (los animales de tiro ayudaban, pero no liberaban), los quebrantos los sufría el cuerpo. El espíritu apenas tenía tiempo de condolerse. Pero en un cuerpo forzadamente ocioso, no hay manera de tener sosegado el espíritu. La vida pide movimiento, exige acción, y lo que no se mueva el cuerpo se tendrá que mover el espíritu; si tiene espacios anchurosos, podrá expandirse. Pero como no los tenga, dará vueltas y vueltas sobre sí mismo, como preso en una celda estrecha, se golpeará contra sí mismo, chocará con sus estrecheces y sufrirá múltiples traumas. Todo ello en un cuerpo descansado y bien cuidado.

Los gimnasios y el deporte y las terepias de ocupación física han venido a suplir a tiempo parcial la actividad que antes desarrollaba el cuerpo en el trabajo. Pero falta una cultura de ocupación y embellecimiento del espíritu que al tiempo que le fortalezca y le haga resistente a la presión externa, le mantenga a salvo de la multitud de autolesiones a que le empuja la estrechez.

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