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domingo, 01 de septiembre de 2013

Ghetto es el nombre del barrio judío de Roma, en la ribera del Tíber. Para más inri queda cerca del arco de Tito, construido para celebrar el triunfo de este emperador a su vuelta de la campaña en que arrasó Jerusalén, poniendo especial empeño en no dejar del templo piedra sobre piedra, y obligó a los judíos a dispersarse por el mundo (la diáspora). La palabra no tiene, pues, ningún significado especial del que se pueda deducir algún contenido. Es un nombre de la geografía urbana de Roma, sin más conotaciones. Este barrio se tomó como prototipo del aislamiento de los judíos en las ciudades en que vivían, y luego se extendió el concepto de gueto a cualquier barrio donde colectivos diferentes del común de la ciudadanía viven en condiciones sórdidas.

Es un neologismo cuyo sinónimo más afín es el apartheid. La enciclopedia Británica y la Larousse difieren de la Espasa, de la que procede la nota geográfica. Dice la Británica que este nombre se usó por primera vez en 1516 en Venecia, cuando cerca de una fundición de hierro (de la que se supone que le viene el nombre) se cerró un área aparte del resto de la ciudad donde tenían que vivir los judíos bajo vigilancia cristiana. La Larousse puntualiza que se trata de una palabra veneciana cargada de oprobio, y que se usó en Venecia (1516) antes que en Roma (1555). Característica común de los guetos es que eran auténticas ciudades cerradas, en las afueras de las ciudades, y prohibidas a los que no fuesen judíos; algunas de ellas eran muy estrechas y crecían hacia arriba por falta de suelo. En algunas ciudades vivían los judíos en un régimen de mayor libertad, teniendo reservadas algunas calles sin amurallar. Fue la Revolución Francesa la que derribó los muros de los guetos bajo el lema de libertad, igualdad, fraternidad. Y hay que observar que, entonces como hoy, fueron las religiones enfrentadas las que levantaron los más altos muros separando los pueblos.

El concepto de gueto nació en relación con el pueblo judío. Es el único pueblo que se ha resistido a su eliminación como pueblo, y que no ha consentido ser disuelto en otros pueblos. Y lo ha conseguido, gracias a la férrea voluntad de supervivencia colectiva, que ha sido posible a lo largo de dos milenios y medio de persecuciones por la peculiaridad de su cultura y de su culto. Ha sido el culto, por encima de todo, lo que ha mantenido a los judíos unidos entre sí y separados de los demás, allí donde han estado. Y ha sido también posiblemente el pueblo judío el que a un altísimo precio nos ha demostrado a todos los pueblos de la tierra que es posible la convivencia pacífica y armoniosa de pueblos, religiones y culturas en una misma ciudad o en un mismo país. Es muy importante observar que allí donde el pueblo judío ha estado manteniendo su propia entidad, culto y cultura contra viento y marea, nunca ha sido el agresor sino el agredido. Pero por lo visto la lección no se la han aprendido todos. Hay políticos que siguen empeñados en disolver pueblos y culturas al precio que sea, que sueñan con la unidad, si no de población, sí de poder: la población legítima sometiendo cultural y políticamente a la población sobrevenida, la formada por los metecos. La política es la de siempre: al que se aísla, se le castiga por ello aislándole más.

Mariano Arnal
www.elalmanaque.com

 
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