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miércoles, 24 de julio de 2013

Distinguo, distinguere, distinctum. Con diferente prefijo tenemos exstinguo, exstinxi, exstinctum. El término original latino es stinguo, stinguere, stinctum, de la raíz sti, presente en stilus, stímulus, y también en el griego stizw (stítzo) y stigma (stígma). El significante común de la raíz y de sus derivados es siempre el de marcar (con el estilete o con el hierro candente). Stímulus (estímulo, aguijón) toma su significado no por la marca, sino por el marcador, el estilete con el que se pincha a las monturas para gobernarlas. La misma línea de significado se mantiene con el prefijo ex-, con el que se indica que aquello que se quería apagar en la montura, su propio ardor, se ha apagado del todo. Se trata de pasar de las banderillas al rejoneo. Y de ahí se pasa a significar la extinción de todo aquello que sea susceptible de ser extinguido.

Son curiosidades filológicas que pueden ayudar a situar los significados de las palabras partiendo de su origen. Pero al margen de la poca santidad que aparenta la palabra distinto, y de que si se decide uno a distinguirse de otro no es para quedarse igual al otro ni para ponerlo por encima de él, sino para colocarse él en posición privilegiada, al margen de esto, hay que señalar que en el mercado de las ideas circulan dos corrientes doctrinales distintas, una que pretende que todos somos iguales (representada por el Evangelio en el plano religioso, y por el humanismo cristiano y la Democracia en el plano político); y la corriente contraria en virtud de la cual hay entre los hombres y entre los ciudadanos, unas claras diferencias en las que hay que profundizar cada vez más, y que estas diferencias, de nacimiento por ejemplo, y de antigüedad en el territorio, devengan derechos diferentes para unos y otros ciudadanos. Los nacionalismos están, evidentemente, por la distinción, diferenciándose unos de otros en los niveles de profundización de esas características que distinguen a unos ciudadanos de otros y en las soluciones que ofrecen para reducirlas o eliminarlas, partiendo siempre del derecho no preferente sino único, de la etnia que exhibe mayor antigüedad en el territorio, a imponer su cultura y su dominio a las demás etnias que viven en él.

Parece claro que la Iglesia tendría que plantearse diáfanamente la moralidad de cada una de las opciones, y probablemente sí lo hace, pero siempre desde perspectivas nacionalistas. La democracia sale con clara desventaja frente a los nacionalismos. Mientras estos están rodeados de mitos, cantos épicos y leyendas en que se sustentan las doctrinas, como ocurre en toda religión; la democracia es tan sólo un código moral sin mitos ni leyendas ni gestas en que sustentarse. No sólo eso: es tan constante la tentación de distinguirse todo aquel que espera obtener con ello ventajas sobre los demás, que la Iglesia antes de que otros inventasen la democracia, había sido siempre elitista. Y no fue nada ejemplar en el esfuerzo por la convivencia de las distintas etnias. Historias distintas generan derechos políticos distintos (¡claro, los derechos históricos!). A los que en un territorio tienen menos historia, les corresponden menos derechos. ¡De cajón!

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