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AGUSTÍN PDF Imprimir E-Mail
martes, 23 de julio de 2013

Gentilicio derivado de Augustus, uno de los nombres de mayor prestigio en la Roma imperial. Significa "respetable", "venerable por su majestad y excelencia". Se aplicaba en principio a las divinidades, a sus templos y a sus pontífices, y de ahí pasó a ser utilizado por los emperadores. Octavio César fue el primero que lo utilizó como sobrenombre imperial, y a partir de él siguieron utilizándolo todos los emperadores. En tiempos del emperador Marco Aurelio empezó a extenderse este título a otras dignidades. De ahí se convirtió en nombre propio. El prestigio de san Agustín de Hipona fue tal, que el derivado Agustín llegó a difundirse más que el primitivo y nobilísimo Augusto.

San Agustín ocupa un lugar muy destacado en la historia de la Iglesia, en la historia de la filosofía y en la galería de los grandes hombres, distinguidos por su aportación a la mejora de la humanidad. Si su biografía externa es atormentada, mucho más lo es su biografía interna. Sostuvo duras luchas en su espíritu, que acrisolaron su inteligencia, su fe y su rectitud de conducta. Nació en Tagaste, en el norte de África, el año 354, de padres cristianos. Su madre, santa Mónica, pasó por él muchos desvelos, porque le veía muy descarriado. Hasta los 17 años fue bastante travieso y poco aficionado al estudio. Su padre decidió mandarlo a estudiar a Cartago. Al poco tiempo, murió; así que tuvo que cuidar de él un pariente. Llevó una vida muy disipada. A los 19 años tuvo un hijo con la mujer con la que vivía (estaba muy mal visto entonces). A su madre le causaba gran preocupación. Tenía grandes inquietudes intelectuales, por lo que entraba de lleno en los problemas filosóficos y religiosos que afectaban su vida. Por esa causa estuvo nueve años con la secta de los maniqueos y se dedicó a la astrología, a la magia, a la filosofía. Pero estas actividades no le saciaban, por lo que se trasladó a Roma, donde ejerció de profesor de retórica. Era tal la multitud y variedad de doctrinas que circulaban en Roma, que optó por el escepticismo. De ahí pasó a Milán a ejercer de profesor de elocuencia. Allí, gracias a los sermones de san Ambrosio, se convirtió y se hizo bautizar. Por fin dejó la vida desarreglada que llevaba. Murió su hijo y dejó que su amiga se volviese a su tierra, al norte de África. Su conversión empezó cuando un día, estando en el jardín, oyó una voz que le decía y le repetía:"Tolle et lege", toma y lee, y vio en el suelo un libro abierto. Lo tomó y leyó y se convirtió. Murió en su diócesis de Hipona el 28 de agosto del año 430.

Nos ha dejado san Agustín una obra ingente. Sus obras completas ocupan muchos volúmenes. Las más editadas son sus Confesiones, de una extraordinaria calidad literaria, además de su valor filosófico y moral, y La Ciudad de Dios, una obra en que diseña la ciudad cristiana ideal. Tanto sus obras como su vida han llenado muchos siglos de cristianismo y de humanismo. Fue asiduamente leído por los grandes autores del Renacimiento. Su prestigio tanto religioso como humano no ha conocido ningún momento de decadencia.

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