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lunes, 15 de julio de 2013

Dimitto, dimittere es un compuesto del verbo mitto, mittere, que significa enviar. El prefijo dis-, que hemos conservado en español, indica división o separación; a veces indica negación. A partir del verbo mitto, míttere se han formado admittere (admitir), amittere (perder), permittere (permitir), committere (cometer), remittere (remitir), transmittere (transmitir), omittere (omitir), submittere (someter) intermittere (intermitir, meter en medio), promittere (prometer), emittere (emitir). El verbo sin prefijo ha evolucionado a la forma "meter", con el significado que hubiese correspondido a la forma inmittere (mandar a dentro). El verbo dimitir lo inventaron los romanos, pero nunca le dieron el valor y el uso que se le da ahora, porque es extravagante. Mandar cartas a todos los municipios era para ellos litteras circum municipia dimittere. Despachar al senado, esto es, levantar la sesión era senatum dimittere. Apaciguarse, dimittere iracundiam, es decir mandar afuera a la ira. Aliquem a se dimittere, mandar a alguien a paseo. Pero en ningún caso podía usarse este verbo en forma intransitiva.

El español, al igual que las demás lenguas románicas, tiene la particularidad de que cuanto más cultos son los términos que se usan, más se puede engañar: dar la impresión de que se dice una cosa, y decir otra. Los reyes de Francia, muy finos ellos, nunca hablaban del servicio ni de los criados, que eso quedaba muy vulgar. Preferían decir las cosas en latín, que quedaban de lo más elegante (son los tiempos de "La culta latiniparla"). Así a los criados los llamaban "ministros", que es como los llamaban los romanos en su tiempo (palabra formada a partir de minus, que significa "menos") y al servicio lo llamaban "ministerio". Y puesto que formaban parte del servicio, el rey les encargaba desde guardar las llaves de los secretos (canciller viene de cancella) y cuidarle las habitaciones (ese era el gran camarero o chambelán) hasta administrarle el reino. Y como es normal, a gente tan fina ni la iba a echar a patadas ni a expulsarla como se hace con los criados. A los ministros los "dimitía". Todo el vocabulario tenía que ir en consonancia.

Pero he aquí que con el tiempo el cargo de ministro (criado del rey) llegó a ser muy apetecido e incluso se llegaron a pagar grandes cantidades de dinero por serlo. Algo parecido ocurrió con el papa, que se honra con el título de "servus servorum Dei", siervo de los siervos de Dios; o traducido más fielmente, esclavo de los esclavos de Dios. Una esclavitud ambicionada por muchísimos a lo largo de los casi dos mil años que lleva la institución. Cuando esclavo y criado se convierten en dignidades, ya no se les puede tratar igual. Hay que llevar más miramientos. Y así, ahora ya no hay manera de "dimitir" de verdad a un ministro. Tiene que ser él mismo el que "se dimita" (hubiese sido más divertida y más fiel la forma reflexiva). Hoy, aparte de ser una grave desconsideración echar a un ministro, podría ser un problema descomunal, porque las tramas de poder están tan entrelazadas que ya no se puede ir a empujones. Cuando juran su cargo los ministros, se les exige sobre todo que guarden secreto. Por algo será.

Mariano Arnal
www.elalmanaque.com

 
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